Estamos a pocos días de celebrar, como todos los años, el día de la madre, es una celebración internacional y que nos toca a la mayoría de los seres humanos, a fin de cuentas, todos y todas hemos nacido de una madre.

Y al acercarse la fecha recuerdo cómo nos reíamos, mi querida amiga Loly y yo, cuando oíamos la frase “madre hay una sola” a lo cual siempre agregábamos, en tono de risa y sobre todo si estaban nuestras madres cerca, “que tener dos sería impensable”

En fin, bromas aparte, en los tiempos que corren, ser mujer no es tarea nada fácil, sobre todo si a esto le sumamos el hecho de ser madre, el panorama no siempre es de lo mejor.

Cuando una mujer se plantea ser madre, se enfrenta a una gran decisión, al menos en mi opinión. Ser madre es una actividad muy altruista, y me explico, dar vida a otro ser humano requiere de una gran responsabilidad y compromiso con esa persona a la  que traes a este mundo, compromiso de estar con ella, cuidar, amar y básicamente, dedicarle muchísimo tiempo.

El ser humano es de los mamíferos que más tiempo necesita estar con su madre cuando nace, de lo contrario moriría, necesitamos que por un periodo largo de tiempo, nos cuiden, nos alimenten y nos enseñen una serie de cosas para poder llegar a ser independientes y autónomos.

¿Y a dónde quiero ir a parar con todo esto que os estoy contando?

Nos guste o no, al ser madre renunciamos a muchas cosas: profesión, intimidad (al menos al principio los llevas a cuestas todo el tiempo), tranquilidad, paz… Y aunque luego lo retomemos, y eso sería lo suyo, hay una parte importante de ese tiempo en el que dejamos de ser nosotras para pensar y vivir en función de las necesidades de nuestros hijos las 24 horas del día, los 365 días del año. (Aunque confío que en los tiempos actuales, esto ya no pase tanto).

Y ¿qué pasa cuando empiezo a desligarme de mi hijo?, a soltar o como se dice por ahí en tono jocoso “a cortar el cordón” … Muchas veces, y a muchas mujeres, nos aparece un sentimiento con el que ya llevamos conviviendo día a día durante todo el proceso de crianza y al que, aún así, no conseguimos acostumbrarnos: La culpa

La culpa es una emoción compleja que puede afectar profundamente nuestro bienestar emocional y mental.

Como todas las emociones, la culpa nos da información, en este caso, pretende avisarnos de que no estamos cumpliendo con nuestros valores o normas, pero ¿de dónde vienen esos valores o normas?

Desde el punto de vista de la inteligencia emocional y de la gestión de nuestras emociones, la culpa es un patrón de respuesta.

Patrón de respuesta: cuando la respuesta ante una emoción es siempre la misma y se repite, reiterada, subjetiva e inconscientemente es lo que se llama un patrón. Los patrones condicionan nuestros sentimientos y por ende nuestra forma de actuar, y nuestro comportamiento.

Según vamos creciendo y aprendiendo, se genera dentro de nosotros una especie de “libro de conductas”, un “manual” en el que iremos escribiendo las cosas que sí y las cosas que no podemos o debemos hacer, lo que es bueno y lo que es malo, según nuestras  creencias y valores aprendidos.

Tenemos dentro algo parecido a un “guardián”, “pepito grillo”, “la voz de nuestra conciencia” que amablemente nos avisa o castiga si lo que hacemos no está en línea con lo que pusimos en el manual.

El “manual” define lo que llamamos el YO ideal. Ese “yo ideal” hace todo lo que dice el manual mientras que el YO real es el que actúa como le sale en el momento.

En el caso de la culpa, la distancia entre ese YO ideal y YO real es lo que determina este patrón de respuesta.

Si en nuestro “manual de conductas” emocional tenemos el mandato o creencia de que, por ejemplo, una buena madre está siempre preocupada, disponible y atenta para sus hijos. Y cuando esto no ocurre, aparecerá la culpa.

Es importante, para nuestra tranquilidad, equilibrio y bienestar emocional, revisar este manual de comportamiento que hemos ido forjando a lo largo de los años, ya que en gran medida vendrá impuesto o heredado de nuestros padres, profesores, y todos los referentes que hemos ido teniendo a lo largo de la vida, con lo cual, muchas de esas normas, valores y creencias en realidad no nos representan, sino que las hemos adoptado porque es lo que nos han inculcado.

Y, aunque la culpa es una emoción de las complicadas o incómodas, es muy recomendable atender la información que nos está enviando. Que no es otra cosa que revisar este manual de conductas, que, con toda seguridad, estará caducado o al menos obsoleto.

¿Cómo consigo crear un nuevo manual de acuerdo a mi nueva situación actual?

  1. En el caso de los hijos, efectivamente cuando son pequeños requieren nuestra atención y ayuda, pero eso no implica renunciar, el tiempo de calidad es lo más importante. Nuestros hijos necesitan amor incondicional y crecimiento, hay que soltarlos y dejarlos ir.
  2. La culpa como patrón afecta nuestra autoestima, sentimos que no valemos, que nos equivocamos o no hacemos todo tan bien como indica el manual. Revisar las expectativas es fundamental, no podemos hacer felices a todo el mundo y muchas veces nuestros estándares de perfección son muy poco realistas. En estos casos, es importante cuestionar la fuente de nuestra culpa y tratar de discernir si está justificada o no.
  3. Es muy importante revisar el manual para hacer nuestro trabajo de autoconocimiento. Algo que debemos preguntarnos es: ¿qué es lo realmente importante para mi?.
  4. También es importante la autocompasión, que implica tratarnos a nosotras mismas con la misma amabilidad y comprensión con la que nos comportamos con nuestra mejor amiga o con nuestros hijos.
  5. Además, es importante cuestionar nuestras creencias y expectativas irrealistas, y recordar que todos cometemos errores y tenemos limitaciones.
  6. La meditación y el mindfulness, siempre son una buena herramienta que pueden ayudarnos a calmar nuestra mente y reducir la intensidad de nuestras emociones.